El Muerto que casi mata a Mario

 

 

Era aun principios de 1993, Mario y yo hacíamos parte  de la compañía "General Santander", en las escuadras de "Servicio Disponible" de la segunda y primera sección respectivamente. Corrimos con la suerte de esquivar el servicio de policía de tránsito, de policía de menores y otros, que aunque menos peligrosos, eran invariantemente más aburridos. El sentimiento de querer y poder ayudar a alguien, y el que los demás esperen que así sea, es un sentimiento poderoso, capaz de vencer el miedo y muchas veces a la sensatez.  Por eso, esa mañana oscura y húmeda  de febrero Mario y yo decidimos atravesar esa puerta.


-Ya le dije que no ha salido en toda la mañana, y él tiene que trabajar desde las seis. - dijo la anciana, baja y delgada, con un rostro surcado de arrugas y de mejillas deformadas por la carencia de dientes.
-Tal vez no quiera ir a trabajar hoy - Respondió Bonilla, el más alto de mis compañeros, y estuvo a punto de preguntar a su vez, el cómo lo sabia, pero se detuvo por que ya sabía la respuesta. Ella era una de aquellas viejitas cuya tarea principal en el día era el estar espiando a sus vecinos a través de los agujeros de la casa.
- Pues, desde que lo conozco, hace muchos años, ha salido cumplidamente a trabajar a las seis de la mañana. Ni siquiera cuando ha estado enfermo, se ha detenido. - Replicó categóricamente la ancianita
- Marín, vamos a averiguar? - Inquirió Mario, refiriéndose a mi por el apellido, como ya nos habíamos acostumbrado. Miré en dirección a la casa implicada y dudé por un momento. Podría ser una trampa. El lugar donde estábamos, era un barrio muy pobre y casi como consecuencia en esta ciudad, peligroso en igual proporción. Hacía ya días que veníamos patrullando por el área, y los expendios de droga habían visto decaer las ventas. No deberían estar de muy buen humor, sin embargo, no era momento de reflexiones sociológicas, era probable, aunque remotamente, que el tipo en cuestión  estuviera en dificultades.
- De acuerdo. - Respondí. Nos dirigimos a paso ligero a través de la calle sin pavimentar. Tocamos con fuerza en la puerta dos veces. En la segunda vez, la puerta de latas se abrió rechinando, por demás la casa carecía de sonidos.
- Parece que no hay nadie - Dijo Amaya, el cuarto del grupo.
- Y que hayan dejado la puerta abierta? En este barrio? No es ni ínfimamente probable. - Sabíamos a que se refería. Sólo días antes una pareja de ancianos habían sido encontrado asfixiados, por robarles unos cuantos cachivaches, que luego podrían ser cambiados por droga, en una de las "hoyas" en el mismo barrio.
- Debemos entrar - dijo firmemente Bonilla.
- Pero no podemos, necesitaríamos una orden escrita. - Retrucó Mario
- Por aquí nadie sabe de leyes. Mucho menos  si muere asfixiado - Respondió Bonilla.
- Okay,  entremos. Rifemos la patrulla. - Concluí. Dos personas debían quedarse a fuera prestando seguridad a los que entraran. Como no sabíamos, que podía ser más peligroso, lo mejor era dejarlo al azar.  Amaya y yo ganamos la patrulla, Mario y Bonilla deberían entrar. La casa era pequeña y oscura,  de paredes y suelo de barro y esterilla.  La primera habitación que encontraron contenía una hornacilla en el suelo y algunos platos sucios de plástico.  Sobre un taburete unos jeans doblados y planchados junto con una camisa y zapatos listos para ser usados.  Una grabadora pequeña pero en aparente buen estado se entraba sobre una butaquita de madera.  La grabadora podría ir descartando la teoría de un robo. Mario y Bonilla intercambiaron miradas de asentimiento, con la confianza renovada de no ser este un caso más de los estranguladores, pero no sería por mucho tiempo. Al asomasen lentamente, por la precaución, vieron algo que les hizo caer sus esperanzas.
Lo primero que vieron fue un pie de asombrosa blancura, siguiendo con la mirada al entrar, pudieron observar el cuerpo igualmente blanco con casuales moretones que yacía de espaldas. No había nadie más en la habitación, y no había más habitaciones en la casa.
- Esta muerto? - Preguntó inútilmente Bonilla.
- No lo se. Tóquelo . - Respondió a su vez Mario.
- Y yo por qué? - Retrucó a su vez Bonilla. El miedo a un muerto aunque parece ridículo, se pude volver extremadamente real en un lugar que parecía hacer parte aún del medioevo, con la única iluminación de los casuales rallitos de sol que cortaban la habitación a través de los agujeros de la pared, sobre todo si se había sido victima de los cuentos de fantasmas y encuentros paranormales con los que Mario entretenía a la Segunda Sección en las noches de guardia por castigo. Mario no se mostró menos nervioso. Tomaron la decisión de echarlo a la suerte, pues ya éramos  profesionales en eso, por medio de un juego de manos. Mario ganó -o perdió- pues a él le tocaba verificar si el cuerpo aún tenía vida. Lentamente estiró un brazo hacia una de las piernas, con el fin de saber si aun tenía algo de calor. Si así era, verificaría si le latía el corazón o si aun respiraba. Lo que Bonilla pudo apreciar en ese momento, fue que la mano de Mario se cerró súbitamente sobre la pierna del cuerpo, por una fuerza que parecía externa a la voluntad de Mario. Este a su vez  sintió como si una aterrorizante fuerza vibrante se hubiera poseído de él, al momento de hacer contacto. Por unos infinitas milésimas de segundo perdió el dominio sobre sus músculos y un agudo y rechinante sonido paso por sus oídos.  Al momento siguiente quitó la mano, como si por fin pudiese librarse de un potente campo magnético al tiempo que maldijo con un grito a todo pulmón...
- Demonios!!! - Ladró Mario utilizando otra palabra in publicable. Amaya y yo escuchamos el grito desde fuera de la casa, y corrimos a toda prisa dentro de ella.
- Qué pasó? - Pregunté sin tener respuesta inmediata. Mario se pegaba a la pared de la casa, con la mirada fija al suelo . A pesar de su piel morena, no se veía más bronceado que el cuerpo desnudo desparramado en el suelo. Momentos después, nosotros tres le atizábamos  con preguntas. Mario sólo atinaba a describir con frases débilmente conexas lo que había sentido mientras se restregaba su brazo derecho con evidentes síntomas de dolor y entumecimiento. Era el momento en que alguien más tocase el cuerpo, pero todos los demás, después del relato habíamos perdido nuestra escéptica valentía.
- Bueno, quién lo toca? - Preguntó Amaya. Nadie respondió pero tomé mi bastón de mando, y con el piqué el cuerpo. Nada sucedió. Lo piqué por segunda y tercera vez hasta percatarme de algo: el cuerpo se agarraba firmemente por su brazo izquierdo de un jean mojado aun colgado de una cuerda sin tensión ya, que venía de un extremo del techo de tejas de  zinc.  Y conocimos la verdad.
 
El techo de zinc de la casa estaba haciendo contacto directo con la acometida de energía eléctrica de la casa causada por una chapucera instalación. La cuerda dentro de la habitación que se sujetaba al techo conducía perfectamente la energía dentro de la habitación, esperando a que un incauto habitante de ella, desnudo, después de bañarse colgara unos jeans que acababa de lavar, para conducir a través de su cuerpo las miríadas de electrones que causarían el fin de sus días. Y que por poco también causa el fin de los de Mario. El espíritu que se poseyó de él estaba hecho del movimiento a más de 60 ciclos por segundo de electrones   por su brazo y muy tal vez por sugestión vio, en el último instante de contacto, una luz al final de un túnel.
 


Contenido :

Social